(en català, a continuació)
EL DRAGON, SANT JORDI Y TESEO
Al reflexionar sobre leyendas y cuentos populares con sus capacidades metafóricas, es imposible no recordar la lectura propuesta por Bruno Bettelheim en su famoso libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1976). Es cierto que la interpretación psicoanalítica tiene poco prestigio en ciertos ámbitos, pero pienso que es interesante reflexionar sobre las capacidades metafóricas o simbólicas de las narraciones populares: hay algo valioso en estas manifestaciones que tiene que ver con el inconsciente colectivo.
Conocemos las revisiones feministas de la leyenda de Sant Jordi, con una mujer que no necesita a un caballero para salvarla, y su reescritura en forma de Georgina a caballo. Es evidente que son relecturas críticas necesarias. Pero, si se me permite, haré otra lectura, no con voluntad de confrontación, sino para aportar otro ángulo de visión.
Sant Jordi salva a la princesa de la muerte en las garras de la bestia, ya que el dragón exigía el sacrificio de una doncella cada día para satisfacer su hambre.
Si me lo permite Bettelheim, el dragón representa el deseo masculino insaciable, que somete a la mujer a su pulsión sexual como mandato “natural”. También Teseo mata al Minotauro, que tenía la costumbre de reclamar doncellas como víctimas (y también muchachos). El Minotauro y el dragón representan esa parte masculina vinculada a su pulsión sexual mas primitiva, aquello que Freud denominaba el “ello”. Evidentemente, esta pulsión incontinente (la intensa demanda de doncellas tanto por el dragón como por el Minotauro) es una dolorosa metáfora de la depredación sexual del varón: en Cataluña, 36 asistencias diarias por violencia machista (2025), cinco violaciones diarias (2025), 16 mujeres asesinadas en España desde principios de este año 2026.
Como varón, siento vergüenza y rechazo de esos congéneres protagonistas de esta plaga, del machismo y su violencia sexista implícita. Pero reconozco en mí ese “ello” que me haría estar del lado del dragón, del Minotauro. Resulta curiosa la serie de dibujos de Picasso sobre este tema (en particular los grabados, la Suite Vollard, 1930-37), y no seré yo quien saque conclusiones más allá de suponer que Picasso vivía esa pulsión entre el “ello” y el “yo” (la misma serie muestra tanto imágenes de la terrible fuerza del Minotauro como escenas de ternura… o de Teseo matando al Minotauro ante la mirada interesada de un grupo de mujeres y hombres).
¿Qué ventaja evolutiva ha llevado a que la sexualidad masculina esté marcada por esta pulsión que, como vemos, tiene zonas realmente terribles? Parece obvio que la sexualidad humana es un cemento social que, desde los primates superiores, establece la relación entre machos y hembras mas allá del puro coito reproductor. Que la inmadurez de las crías y su crianza prolongada conduce a la hembra a retener al macho para recibir proteínas propias de la caza (las proteínas en la jungla son difíciles de conseguir). Y que los machos solo actúan sexualmente a demanda de la disponibilidad de las hembras, que en el caso de los primates superiores se muestran disponibles más allá del estricto período fecundable, para optimizar estos vínculos.
Es evidente que la sexualidad humana, heredando la base de la conducta biológica, ha evolucionado hacia formas más complejas, donde las estructuras económicas y culturales aportan novedades.
El varón humano está siempre disponible e interesado, y la mujer humana tiene la posibilidad de disociar placer de reproducción. Esto marca protocolos distintos, donde las oportunidades para la convivencia generan alianzas que hacen que los intercambios sexuales y la cooperación convivencial sean consustanciales.
Habría que analizar las evoluciones del “ello” en los distintos modelos de producción (esquemáticamente: nómadas, sedentarios, capitalismo) para ver qué papel juegan las diferentes alianzas hombres-mujeres, todo ello acompañado por los relatos religiosos y míticos que actuaban como paraguas narrativos de los modos de vida.
Parece que en el momento actual, donde la equiparación (en el mundo occidental) del papel del hombre y de la mujer tiende a la igualdad, la sexualidad tiene un papel autónomo, visible en el llamado empoderamiento femenino. Y no visualizamos los dragones y los minotauros, sino que los padecemos directamente.
Desde la liberación de los años 60, y la píldora anticonceptiva como icono, el mantra ha sido la espontaneidad del deseo, su prioridad como motor, considerando que toda limitación moral o social era represiva. Y cuando el deseo es compartido entre dos, estamos de acuerdo que la libertad sexual es una victoria. Pero la etiología del deseo es muy compleja y diversa en cada persona y en cada sexo. Esta diferencia provoca tensiones, que forman parte consustancial de las relaciones entre dos personas.
Seguro que estas tensiones algunos varones las vivimos, como Sant Jordi, matando al dragón, o Teseo al Minotauro. Y es un deber civilizatorio del sexo masculino adoptar esta actitud por amor a las mujeres con las que convivimos. Y por autocomprensión de nuestra sexualidad. Cuando algunos sueltan al dragón… ya vemos los terribles resultados.
Pero los hombres también necesitamos la comprensión de las mujeres, cambiar el foco de esta culpabilidad de nuestras pulsiones y compartir una sexualidad común. Dylan lo explica de forma poética: “Entra —dijo ella—, que te daré refugio de la tormenta” (Shelter from the Storm, 1974).
Es probable que la virilidad conlleve una tormenta interior: debemos encontrar la manera de redirigirla, reconociéndola. Y, con nuestras compañeras, disfrutar de una sexualidad compartida.
Teseo entró en el laberinto para matar al Minotauro por amor a Ariadna, que le facilitó el hilo para salir del laberinto. Y Sant Jordi mató al dragón, y con él al depredador sexual que siempre justifica su deseo como algo natural y a la mujer como víctima de ese deseo (si no provocadora del mismo: “por la raja de tu falda…”, canta Estopa).
Es evidente que con esta relectura no pretendo justificar al dragón, sino reivindicar al caballero, ese caballero que en el discurso dominante se menosprecia y que quizá no se manifiesta lo suficiente, superando la vergüenza de ser un “hombre bueno”.
Jesús-Àngel Prieto
EL DRAC, SANT JORDI I TESEU
En reflexionar sobre llegendes i rondalles amb les seves capacitats metafòriques, impossible no recordar la lectura propossada per Bruno Bettelheim en el seu famós llibre «Psicoanàlisi dels contes de fades» (1976). Cert que la interpretació psicoanalítica té poc prestigi en certs ambients, però penso que és interessant reflexionar sobre les capacitats metafòriques o simbòliques de les narracions populars: hi ha alguna cosa de valuós en aquestes manifestacions que tenen a veure amb l’inconscient col·lectiu.
Coneixem les revisions feministes de la llegenda de Sant Jordi, amb una dona que no necessita un cavaller per salvar-la, i la seva reescriptura en forma de la Georgina a cavall. Obvi que són relectures crítiques necessàries. Però si se’n permet, faré una altra lectura, no amb voluntat de confrontació, sinó d’aportar un altre angle de vista.
Sant Jordi salva a la princesa de la mort en les garres de la bèstia, ja que el drac demanava el sacrifici d’una donzella, cada dia, per satisfer la seva fam.
Si m’ho permet Bettelheim, el drac representa el desig insaciable masculí, que sotmet a la dona a la seva pulsió sexual com a mandat «natural».També Teseu mata al Minotaure, que tenia el costum de reclamar a donzelles com a víctimes (i també nois). Minotaure i el drac representen aquella part masculina lligada a la seva pulsió sexual més primitiva, allò que Freud denominava el «ello». Evidentment, aquesta pulsió incontinent (la demanda intensa de donzelles tant pel drac com pel Minotaure) és una dolorosa metàfora de la depredació sexual del mascle: a Catalunya 36 asistències diàries per violència masclista (2025), cinc violacions diàries (2025), 16 dones assassinades a Espanya des de principi d’any.
Com a baró, sento vergonya i rebuig pels meus congèneres protagonistes d’aquesta plaga, del masclisme i la seva violència sexista implícita. Però reconec en mi aquell «ello» que em faria estar del cantó del drac, del Minotaure. Resulta curiosa la sèrie de dibuixos de Picasso sobre aquest tema (en particular els gravats, la Suite Vollard, 1930-37), i no seré jo el que tregui conclusions més enllà de suposar que Picasso sentia aquesta pulsió entre el «ello» i el «jo» (la mateixa sèrie mostra tant imatges de la força terrible del Minotaure, com escenes de tendresa… o de Teseu matant al Minotaure davant la mirada interessada d’un grup de dones i homes).
Quin avantatge evolutiu ha portat al fet que la sexualitat masculina estigui marcada per aquesta pulsió que, com veiem, té zones ben terribles? Sembla obvi que la sexualitat humana és un ciment social que, des dels primats superiors, estableix la relació entre mascles i femelles més enllà del pur coit procreador. Que la immaduresa de les cries i la seva criança prolongada condueix a la femella a retenir al mascle per rebre proteïnes pròpies de la cacera (les proteïnes en la jungla són difícils d’aconseguir). I que els mascles només actuen sexualment a demanda de la disponibilitat de les femelles, que en el cas dels primats superiors es mostren disponibles més enllà de l’estricte període fecundable per optimitzar aquests lligams.
Obvi que la sexualitat humana, tot heretant la base de la conducta biològica, ha evolucionat cap a formes més complexes, on les estructures econòmiques i culturals aporten novetats.
El mascle humà està sempre disponible i interessat, i la dona humana té la possibilitat de dissociar plaer de reproducció. Això marca protocols diferents, on les oportunitats per a la convivència generen aliances que fan que els intercanvis sexuals i la cooperació convivencial siguin consubstancials.
Caldria analitzar les evolucions del «ello» en els diferents models de producció (esquemàticament: nòmades, sedentaris, capitalisme) per veure quin paper juguen les diferents aliances homes-dones, tot acompanyats pels relats religiosos i mítics que feien de paraigües narratius dels modes de viure.
Sembla que en el moment actual, on l’equiparació (en el món occidental) del paper de l’home i de la dona tendeixen a la igualtat, la sexualitat té un paper autònom, visible en l’anomenat empoderament femení. I no visualitzem els dracs i els minotaures, sinó que els patim directament.
Des de l’alliberament dels 60, i la píldora anticonceptiva com a icona, el mantra ha estat l’espontaneïtat del desig, la seva prioritat com a motor, trobant que tota limitació moral o social era repressiva. I quan el desig és compartit a dos, estem d’acord que la llibertat sexual és una victòria. Però l’etiologia del desig és molt complexa, i diversa en cada persona i en cada sexe. Aquesta diferència provoca tensions, que formen part consubstancial de les relacions entre dues persones.
Segur que aquestes tensions alguns barons ho vivim, com Sant Jordi, matant al drac, o Teseu al Minotaure. I és un deure civilitzatori del sexe masculí adoptar aquesta actitud per amor a les dones amb les quals convivim. I per autocomprensió de la nostra sexualitat. Quan alguns deixen anar al drac… ja veiem els terribles resultats.
Però també necessitem els homes de la comprensió de les dones, canviar el focus d’aquesta culpabilitat de les nostres pulsions i compartir una sexualitat comuna. Dylan ho explica de forma poètica: «Entra, va dir ella, que et donaré refugi per a la tempesta.”(Shelter from the Storm, 1974).
És probable que la virilitat comporti una tempesta interior: hem de trobar la manera de redirigir-la, tot reconeixent-la. I amb les nostres companyes, gaudir d’una sexualitat compartida.
Teseu va entrar al laberint a matar al Minotaure, per amor a Ariadna, que li va facilitar el fil per sortir del laberint. I Sant Jordi va matar al drac, i amb ell al depredador sexual que justifica sempre el seu desig com a cosa natural i la dona com a víctima d’aquest desig (si no provocadora del mateix: “por la raja de tu falda…” canta Estopa).
És obvi que amb aquesta relectura no vull justificar al drac, sinó reivindicar al cavaller, aquest cavaller que en el discurs dominant se’l menysté i que potser no és manifesta suficient, tot superant la vergonya de ser un “home bo”.