OFERIU FLORS ALS REBELS

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OFERIU FLORS ALS REBELS

OSSERA: UN PUEBLO EN LA CARENA

“La naturaleza se resiste a los cambios. Si algo cambia, espera y observa si ese cambio puede durar, y si no puede, lo aplasta con todo su peso.”

Con esta frase de John Berger acababámos nuestro largometraje documental “OFERIU FLORS ALS REBELS”, rodado entre el 2008 y el 2011 en Ossera, un pueblecito de una veintena de habitantes de la comarca del Alt Urgell (comarca pirenaica de LLeida, Cataluña).
Esta frase, en clave poética, nos habla de un aspecto evolutivo de la naturaleza: lo que funciona, funciona, lo que se adapta se adapta. Lo que no, no.
Esta observación tiene dos tiempos: el propio tiempo natural (geográfico, podíamos decir) y el tiempo social (nosotros también somos naturaleza).
¿Que nos llamó la atención de este pueblo?: Eulàlia, creadora de un galardonado queso de cabra, el Serrat Gros, que a finales de los 70 inició un periplo por los Pirineos (primero franceses y luego catalanes) con aquella filosofía de la vuelta a la naturaleza, propia del llamado movimiento hippie. Y en este encuentro con la naturaleza, esa voluntad de autosuficiencia, de saber vivir con los propios recursos y en comunidad (¿o en lucha?) con el medio natural. Eran jóvenes principalmente urbanos que huían de los maximalismos del sistema imperante (capitalismo consumista) e intentaban crear una “contracultura” (que no es exactamente lo mismo que ahora entendemos como “antisistema”).
Y en ese pueblo compartió la aventura con Nico, escultor holandés, Nuria, artesana de la mermelada, Suzette, especialista y cultivadora de hierbas naturales y medicinales, Jaume, pintor, y Jim, carpintero.
Lo interesante de esta aventura es la interrelación de ese tiempo natural con el tiempo social que se genera. En sus vivencias ese tema sale continuamente: esa contraposición entre la velocidad del tiempo urbano y los ritmos pausados del campo, entre ese tiempo alienado (metronómico) que genera la producción industrial y las cadencias de las estaciones y el ritmo creado por los ciclos vitales de plantas y animales. Ajustarse a esos ritmos era la clave para la supervivencia. Entre las anécdotas, estaban la de algunos “colegas” que mantenían su ritmo perezoso (levantarse tarde, seguir los ritmos del propio cuerpo) y así era dificil sincronizarse con la naturaleza: abandonaron.
Evidentemente su aparición alteró la historia humana de ese rincón perdido de la montaña: el pueblo (o lo que quedaba de él) estaba a punto de perder la única joven que quedaba, todos habían emigrado, sólo quedaban los mayores.
No fue fácil. De un lado la interrelación con los naturales y su resistencia a las novedades (jóvenes barbudos y peludos, con dudosas costumbres morales), por el otro las dificultades de aprendizaje desde cero de estos jóvenes a los usos y oficios de la agricultura y la ganadería, los únicos medios de supervivencia en ese medio. En Ossera se dio una sincronía especial entre unos y otros: tolerancia y voluntad de acogerlos por parte de unos (con la generosidad de transmitir conocimientos), perseverancia y resistencia al duro trabajo de los otros, alimentados por aquella utopía que les había llevado hasta aquel rincón del mundo.
En este caso el paisaje no cambia, no encontramos un pueblo abandonado, derruido, con los campos y los bosques descuidados. Encontramos un pueblo que, redefiniéndose, mantiene su vitalidad y es hoy un modelo de éxito. Y en este éxito tiene parte importante el haber revisitado el concepto de la artesanía, tanto la alimentaria como la plástica. Y aquella carretera que en los años 50 conectó Ossera con el mundo y eso conllevó el éxodo (las ciudades y la industria eran muy atractivas), hoy conecta a ese mundo urbano con ellos, ellos son ahora los receptores de un turismo urbano que busca conocer y disfrutar de aquello que no tiene.
Ossera debería servir para repensar nuestra relación con el territorio y con nuestra capacidad original de vivir de aquello que producimos, de convivir con nuestro medio y no a espaldas de él. Y de dejarnos modelar por ese medio, ese territorio, dejar la naturaleza de postal y ser naturaleza. Porque eso es lo que somos.

Ese documental que mencionábamos al principio fue hecho en colaboración con los propios protagonistas: un equipo reducido de dos personas fue visitando ese pueblo durante dos años y en los momentos significativos del ciclo estacional. Los propios protagonistas se turnaban para alojarnos y alimentarnos. Era su manera de colaborar en la producción de este film. Y era la manera de entrar cotidianamente en sus casas, en su ritmo. Ello dio unas entrevistas próximas y muy personalizadas con un enorme respeto a su historia y su entorno personal. Y en esas estancias el cámara se perdía en el entorno para captar aquello intangible que los espaciosy los fenómenos naturales conllevan, acompañan y determinan de nuestro carácter. Porque hay algo indecible en el porqué de nuestra voluntad para vivir en un determinado lugar. Y no son sólo razones objetivas de insolación, recursos hídricos, etc.
En el montaje cinematográfico del material (más de 20 horas reducidas a 80 minutos) sólo usamos la narración que los propios protagonistas nos daban, y el relato que las imágenes de la naturaleza y el entorno nos facilitó, con sus tiempos y sus cambios estacionales. Desde una metodología antropológica dejamos la perspectiva émic en boca directa de las personas entrevistadas, y la perspectiva étic en los planos naturales que generaban una distancia donde el espectador puede ir construyendo esta perspectiva (nunca nos gustó al voz en off que todo explica). Mención aparte la aporta la música, que propone por un lado melodias tradicionales del lugar, y por otro, aquellas canciones que alimentaron el imaginario contracultural.

Es un pueblo en la carena: entre un pasado que habla de esa manera de vivir donde la naturaleza está cara a cara con nosotros, con todo su rigor; y un futuro donde nuevas generaciones acepten este reto como una manera creativa de revisar nuestra forma de vivir, no una marcha atrás, sino una manera de enfocar la crisis climática y el necesario decrecimiento. Un pueblo en la carena.
Por eso titulamos nuestro documental “Ofreced flores a los rebeldes”, un homenaje a aquellos jóvenes contraculturales que en los 70 lo intentaron. Y estos en concreto lo consiguieron, a pesar de que en el imaginario social los hippies se hundieron en el sexo, las drogas y el rock and roll. Pues no todos. Y esa utopía suya puede ser revisitada a pesar de la voluntad de ningunearla. Ellos allí están, con sus contradicciones. Nosotros ofrecemos flores a estos rebeldes para que otros reinventen y no olviden que ciertas utopías son posibles.
Porque si los cambios no pueden durar… la naturaleza los aplasta con todo su peso. Y quizás nuestra sociedad capitalista tardo-industrial no puede durar…

Jesús-Àngel Prieto.
realizador audiovisual
La Floresta, agosto 2015.

Enlaces de interés
http://oferiuflorsalsrebels.blogspot.com.es/2012_07_01_archive.html
https://www.filmin.es/pelicula/ofreced-flores-a-los-rebeldes


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